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El ejercicio ayuda a disminuir el riesgo de desarrollar enfermedad de Alzheimer

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Perder la memoria, la noción de uno mismo, la capacidad de pensar y razonar es uno de los escenarios que más nos angustia, sin embargo, es una realidad para las personas que padecen de Alzheimer. Los medicamentos disponibles no detienen ni revierten el progreso de la enfermedad. Usualmente, la mejoría que producen se mantiene sólo durante pocos meses o años.

Un estudio alentador, publicado en la edición en línea del 4 de enero de la revista Archives of Neurology, arroja algunas luces en este obscuro panorama. No se trata de un medicamento producto de la investigación de vanguardia, sino, más bien, de un antiguo aliado que nos ha acompañado a lo largo de toda la historia de nuestra evolución. Sin embargo, la prueba de su beneficio sí fue el resultado de la aplicación de tecnología de punta. Se trata del ejercicio, considerado por algunos como la “píldora mágica” cuando de prevención se trata.

Denise Head, autor principal del estudio junto a sus colaboradores de la Universidad de Washington en San Louis, demostraron que la actividad física, como caminar y correr, podría modificar el riesgo de desarrollar enfermedad de Alzheimer en personas que conservan su función cognitiva normal, pero que están predispuestas genéticamente a desarrollar la enfermedad, por ser portadoras del gen APOE e4.

El objetivo principal del estudio fue evaluar la relación entre el ejercicio y el depósito de placas de amiloide beta en el cerebro de pacientes portadores y no portadores del gen APOE e4.

Las placas de amiloide, una de las características principales de la enfermedad de Alzheimer, se depositan en el espacio ubicado entre las células nerviosas o neuronas. A medida que se forman y depositan en determinadas zonas del cerebro, las neuronas sanas comienzan a funcionar con menos eficacia.

La pérdida progresiva de las conexiones entre las células nerviosas y su posterior destrucción y muerte causan la pérdida de memoria, deterioro de la función cognitiva, cambios de personalidad y la dificultad que presentan estos pacientes de llevar a cabo las actividades cotidianas.

En el estudio participaron 201 personas, de 45 a 88 años de edad.

Algunos de los participantes reportaron antecedentes familiares de Alzheimer, pero ninguno tenía manifestaciones clínicas de la enfermedad al comienzo del estudio. Todos ellos se desempeñaron bien en las pruebas de memoria y razonamiento.

Los investigadores utilizaron una técnica de imágenes conocida como Tomografía por Emisión de Positrones (TEP) para estudiar a todos los participantes, con la finalidad de identificar placas de amiloide.

La Tomografía por Emisión de Positrones (TEP) es una técnica no invasiva de estudio de imágenes que requiere de una pequeña cantidad de material radiactivo (marcador), el cual se administra a través de una vena. El marcador específico que se utilizó en este estudio tiene la capacidad de fijarse a las placas de amiloide y evidenciar las áreas afectadas, las cuales pueden ser cuantificadas.

Se practicaron, además, estudios genéticos a todos los participantes con la finalidad de analizar el gen APOE, el cual se ha relacionado con el metabolismo del colesterol. Todas las personas somos portadoras del gen APOE, pero aquellos individuos que presentan una variación particular del gen conocida como e4 (APOEe4) presentan un riesgo mayor de desarrollar enfermedad de Alzheimer en comparación con aquellos que no son portadores de la variante.

Entre los genes que aumentan la predisposición a desarrollar la enfermedad de Alzheimer, la variante APOEe4 ha sido catalogada como la más importante. Sin embargo, los investigadores aún desconocen cómo ese gen aumenta el riesgo de desarrollar la enfermedad.

De todos los individuos estudiados 56 resultaron positivos para el gen APOEe4.

Finalmente, a través de un cuestionario los investigadores obtuvieron datos relacionados con los hábitos de ejercicio, de los 10 años previos al estudio, de cada uno de los participantes.

La intensidad de la actividad física fue clasificada como baja, moderada o alta, de acuerdo con las directrices de La Asociación Americana del Corazón (American Heart Association).

El análisis de los datos reportó resultados muy interesantes. La mayoría de los portadores de la variante del gen APOEe4 tenían, en general, una mayor acumulación de depósitos de placas de amiloide, en comparación con los no portadores.

Sin embargo, los portadores del gen APOEe4 que reportaron en el cuestionario caminar o correr, al menos, 30 minutos cinco veces por semana, presentaron depósitos de amiloide similares a los participantes que no eran portadores del gen.

En otras palabras, el ejercicio había moderado el riesgo de desarrollar enfermedad de Alzheimer en los participantes portadores de la variante APOE-e4.

Desafortunadamente, una gran parte de los individuos que participaron en el estudio reportaron un estilo de vida sedentario, y para ellos la inactividad física se tradujo en un aumento de los depósitos de placa de amiloide. Este hallazgo coloca a estos individuos en una situación de riesgo muy alta, ya que aumenta las posibilidades de pérdida de memoria y otras manifestaciones de la enfermedad de Alzheimer en los próximos años.

Los investigadores desconocen si el ejercicio tiene un efecto protector una vez que ha avanzado el proceso de formación de amiloide, sin embargo, algunos experimentos realizados en animales han reportado resultados alentadores.

Los resultados sugieren que el ejercicio realizado de acuerdo con las recomendaciones de la Asociación Americana del Corazón (American Heart Association) podría ser particularmente beneficioso, ya que contribuye a reducir el riesgo de depósito de amiloide en el cerebro de individuos portadores del gen APOE e4 que presentan función cognitiva normal y, por lo tanto, contribuye a disminuir el riesgo de presentar manifestaciones de enfermedad de Alzheimer.

Los hallazgos de este estudio se suman a las bondades que se le han atribuido a la actividad física, considerada, actualmente, como uno de los aliados más importantes en la prevención de enfermedades crónicas como el cáncer, la obesidad, la diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares y confirman, además, el papel crítico que tiene la interacción de los genes con el medio ambiente en el desarrollo de dichas patologías.

Dra. Berdjouhi Tsouroukdissian

Fuente: Mirador Salud

 

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